sábado, 21 de enero de 2012


LA SISA Y EL BIEN COMÚN

El vicepresidente primero de la CEOE ha animado al gobierno español a seguir el ejemplo portugués y preparar la reforma laboral a la portuguesa, como el bacalao. Es tan raro encontrar un agente social feliz –son como adustos agentes rusos, en todos los filmes del espionaje-, que uno enseguida se ha tirado al periódico como si se tratara de ver los números de la lotería de navidad, a ver qué han inventado nuestros vecinos. La reforma lusa incluye menos indemnizaciones por despido, menos días de vacaciones y reducción del pago de horas extrardinarias. “Es una reforma muy conveniente. Creo que deberíamos seguir ese ejemplo. La media en Europa en indemnizaciones por despido está entre 10 y 20 días. En Portugal, 10 días. Lo han hecho por decreto y rápidamente. Debiéramos seguir el ejemplo”.  Tras la lectura de estas recetas, que en los ateneos de la izquierda quizás serían descritas como liberalismo gótico, no me cabe duda de que podríamos empezar a tener contenta a la patronal y hasta cabría pensar en la creación, tímida, eso sí, de algún empleo. Algún empleo experimental en el sector servicios. Con este panorama feudalizante, nuestros empresarios podrían empezar a contratar, aunque es de suponer que aún quedarían algunas rigideces, porque el mercado laboral es como el traje del empresario, en el que siempre acaba encontrando una rigidez:




-No, si el traje bien me está, pero es que me estira de la sisa…






Y claro, la sisa del empresario, la eterna sisa del empresario aún exigiría despedir unos cuantos miles de españoles más para terminar de depurar el mercado laboral. Serían los últimos despidos, saboreados con demorado placer, y una vez finiquitados comenzaría la Edad de Oro de la Contratación. O no, que diría un escéptico.

Más allá del contenido de la reforma, lo que asombra vivamente de esas palabras es el punto de vista subyacente, tan estrictamente propio, una forma de particularismo moderno que desde luego no es exclusivo del empresariado, porque con la legitimación intelectual del lobby y del grupo de presión, se ha reforzado cínicamente el particularismo y empezamos a escuchar demandas infantiles, de una perspectiva tan egoista, tan individual, que olvida al otro sin ningún pudor.

Qué distintas serían esas palabras si incluyesen una autocrítica, una asunción de responsabilidades, un matiz, un compromiso o una disculpa que entendiese y aceptase la situación del trabajador. Pero no, en España, en esta altura del siglo, cada cual se siente lobby, se piensa lobby y considera apropiado exponer unas demandas particularísimas que despiertan en el de enfrente una carcajada de indignación.

El particularismo empieza a ser una desfachatez.

Qué extraño nos resultaría un agente social, o un portavoz sectorial, que no barriera para casa con descaro. Tan acostumbrados estamos ya, que la integración armónica del otro en un discurso, la apelación serena al bien común, el olvido de realidades distintas de la mera ciudadanía, nos sonarían a algo antiguo, falaz, sospechoso y retórico. Quizás el tertuliano sea el único civil, políticos aparte, que como un arcaismo, como una reliquia aristotélica, aún parece librarse de ese vicio. Y esa puede que sea su función social: su ejemplaridad samaritana que tanto nos irrita a la hora del café. La dimensión concernida y pública de todo lo que dice.

El tertulianismo, quién nos lo iba a decir, quizás sea el proyecto cívico para elevarnos por encima de nuestro particularismo, que es nuestra circunstancia convertida en folclore. Yo soy yo y mi curcunstancia, sí, ¡pero la circunstancia incluye a los demás!


 



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